Leído 73 veces

Pg. 97

Lo mismo me pasa a mí – corroboró Artalí – afortunadamente, aquí la gente es muy civilizada, igual que en nuestra villa – agregó.

Tienes razón – declaró el príncipe – nuestro pequeño planeta nos alberga y protege, por eso se merece que lo cuidemos; sería el colmo que 895 millones de habitantes no cuidemos la casa que nos dieron los Xalur para vivir – concluyó.

Ellos asintieron y continuaron comiendo lentamente, como siempre lo hacían.

 

EL  HIJO  DEL  SOL

 

Anfoglei y los monarcas de Zajliyan se encontraban en las cuevas de los pterodáctilos. Allí estuvieron a salvo al menos por un tiempo.

¿Cuál es su plan, guerrera? – Preguntó el monarca Solancsai.

Estaban sentados en el suelo, alrededor de una fogata tomando té y torta de zie con queso.

Estamos reuniendo un ejército con los mejores guerreros – Respondió Anfoglei mientras acariciaba el lomo de un pterodáctilo bebé.

Kalups y Salups están poseídos por el espíritu del mal – dijo la reina Xilenni – nunca me imaginé que harían algo tan sucio – agregó apesadumbrada.

Su esposo la abrazó cariñosamente.

Descuida mi amor – le susurró – volveremos a nuestra amada villa. Esto será temporal.

Es cierto – afirmó Anfoglei – no permitiremos que avancen con su invasión. Sería desastroso para nuestro pacífico planeta.

En ese momento entró un hombre, el cual saludó con una reverencia a los tres que se encontraban reunidos.

¡Sny-trat-kgiXalur!  (Xalur sea con vosotros amigos).

¡Que también sea contigo! – Exclamó el monarca poniéndose de pie.

Anfoglei y la reina hicieron lo mismo.

No pude venir antes – se disculpó el hombre cuya procedencia era Trimeka pues llevaba el símbolo en su frente. Anfoglei y él se dieron un afectuoso abrazo.

Facebook Comments

+ -
×