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EL  SILENCIO DE LOS TRIMEKA

 

Yont-ain, escoltado de día y noche por el general, se dedicó a hacer lo que su padre le había encomendado. Cada mañana muy temprano se levantaba para supervisar la selección de los diamantes, tanto las piedras como las láminas, las cuales eran llevadas al palacio en las máquinas voladoras de los Imai, desde la montaña que distaba varios kilómetros de la villa.

(Las máquinas voladoras eran artefactos en forma de óvalo, con una envergadura de treinta metros. Estaban fabricadas con un finísimo cristal, el cual, procedía de la luna de origen de los Imai y funcionaban con energía solar. Los Imai eran muy recelosos y cuando se les preguntaba acerca de sus naves, se limitaban a sonreír.)

La montaña era totalmente de diamante. Sus colores variaban desde los azules, verdes, rojos, amarillos, anaranjados y fucsia. Cuando el sol le daba enfrente, formaba un prisma tan brillante que no se podía mirar directamente. Según las escrituras de los pergaminos, los Xalur la “habían puesto” en Trimeka para cuando visitaran Nebruska, divisarla desde el espacio y así poder orientarse. Pero ahora, también era el motivo principal de que Kalups se tomara por la fuerza la nación de Trimeka.

Los trabajadores eran muy eficientes, aunque desde la llegada de los Falgorat tenían que trabajar más duro, tratando la montaña con violencia. Ellos poseían los taladros más modernos y especializados para derrumbar montañas de diamante, los cuales eran fabricados por los elfos. Además de los taladros, se utilizaban enormes máquinas las cuales iban armadas con filosas cuchillas de un material que solo los elfos poseían y que cortaban trozos de diamante de más de tres metros de largo por cinco de ancho; las mismas también provenían del país de los elfos, a quienes Kalups dejó exentos de la invasión porque sabía de sus poderes sobrenaturales y de su no intromisión en los asuntos de los hombres, ya que los elfos desde que habitaban en Nebruska, jamás intervinieron en las guerras de los humanos, a quienes muy cariñosamente llamaban “criaturas perversas que les gusta guerrear para autodestruirse”

Los elfos no tenían inconveniente en ayudar a los Falgorat con su maquinaria altamente tecnificada para cortar las montañas de minerales preciosos, que tanto ellos como los humanos utilizaban para construir sus fastuosos palacios, además Kalups había acudido a la diplomacia antes de comenzar la invasión para convencer a los elfos de que solamente utilizaría las máquinas en Zajliyan para cortar las montañas de oro y plata y construir un pequeño palacio para el príncipe Yont-ain.

Cuando Polerk, el elfo encargado de negociar con los humanos, supo que los Falgorat habían llevado las máquinas a Trimeka, Zaj-orkal y otros países, no dijo nada, puesto

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