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¡Señoras!, ¡Señores!, el supremo monarca Kalups ha tenido que resolver algunos asuntos, por lo tanto esta reunión ha terminado. Deben volver a sus respectivos países. El supremo, de antemano les ofrece disculpas y les desea un feliz viaje.

Podemos esperar, sargento – afirmó Celent.

No tenemos prisa – dijo a su vez Hamil.

Es un asunto que llevará su tiempo resolverse, magnánimos monarcas – contestó dubitativo el Falgorat, mientras abría la puerta de par en par y les hacía señas para que se retiraran.

Todos sabían que no debían insistir. Uno a uno, fueron saliendo por la amplia puerta de cuatro metros de alto y dos de ancho, hecha con madera de ébano y con un águila esculpida  en su centro. Al sargento debió dolerle el cuello haciendo treinta inclinaciones, pero lo soportó estoicamente. Cuando todos salieron, cerró la puerta y los condujo a través de los amplios corredores con macizas columnas que tenían forma de animales y plantas, también había pequeños jardines con duendes y hadas. Otros Falgorat iban detrás de los cabizbajos monarcas. Les mostraron la salida y cada cual tomó su transporte, dirigiéndose en sendos carruajes hacia los bosques que circundaban el palacio, donde los esperaban las fabulosas aves que los habían llevado a Zajliyan, las cuales surcarían el mar demorando un día y una noche. Los monarcas, cuyos esfuerzos para hacer desistir al invasor habían sido infructuosos, tuvieron mucha suerte, pues Kalups los “expulsó respetuosamente” y no los hizo prisioneros, ni los envenenó. Volarían al oeste con sus corazones afligidos y preparándose con todo su arsenal para repeler a los bien entrenados y numerosos ejércitos de Kalups.

A través de la ventana, el supremo vio alejarse a todos, satisfecho de haberlos mandado de vuelta con las manos vacías.

 

A TRAVES DEL ESPEJO

 

Mientras en el palacio Orzion, Kalups disfrutaba de su victoria, Anfoglei descansaba en las afueras de la cueva de los pterodáctilos. Habían pasado cuatro días y su herida poco a poco cicatrizaba. La guerrera se preguntaba por qué nadie se dio cuenta que los Falgorat urdían un macabro plan para desestabilizar la paz del continente.

Se puso unas hojitas de pomgir, (planta parecida a la sábila pero más pequeña y de color azul que servía como desinfectante) luego se acostó boca arriba, queriendo hallar respuestas en los astros que a lo lejos titilaban. Hablaba en voz alta, para asegurarse

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