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Por eso eran tan escasos los delitos en aquella tranquila villa. Nadie quería ver un espectral juego de canicas, ni pasar la noche con esqueletos que lloriqueaban. La torre era muy antigua y se decía que allí habían muerto muchos en la época de las dinastías, cuando el mundo estaba sumido en la oscuridad  y se producían espantosas guerras. Los prisioneros eran llevados allí para morir de hambre y frío.

 

EL BOSQUE DE LAS PALMERAS DE ORO

 

 

¡Los invasores no son nuevos en este continente! – Dijo Sumisaini, el príncipe de Kotit Zirni, (país más al norte de Trimeka) que cabalgaba acompañado de su abuelo.

¡Es verdad! – repuso el anciano Roraini.

Ambos se dirigían a los bosques angior para cumplir una peligrosa misión que les había sido encomendada.

¡Me alegra que lo recuerdes! – Prosiguió el anciano con un dejo de nostalgia.

Abuelo, cuéntame otra vez para no olvidarlo – Dijo el joven de quince años.

El terreno era accidentado, así que los caballos no podían correr, entonces el abuelo comenzó su relato por décima, o trigésima vez.

Ya no recordaba cuántas veces le había contado a su nieto la misma historia:

Hace quinientos años – comenzó a decir – llegaron procedentes del otro lado del mar, unos temibles guerreros, dirigidos por un monarca conquistador y cruel, el cual en compañía de sus ejércitos se apoderó de varias naciones, violando mujeres, imponiendo sus creencias, diezmando pueblos enteros y apoderándose de todas sus riquezas. Eran otros tiempos y los invasores ostentaban tal poder y capacidad bélica que los habitantes del continente tuvieron que rendirse ante ellos para no ser exterminados.

Los Malifayan – repuso Sumisaini – de Malifa, un país muy poderoso al otro lado del mar.

Es cierto – repuso el abuelo – devastaron el noventa por ciento de nuestro continente, pero, por fortuna, muchos años después, fueron desterrados – agregó.

Tú participaste en aquellas batallas ¿verdad abuelo? – Preguntó Sumisaini.

Así es, querido príncipe – suspiró Roraini – perdí la vida en una de esas batallas… aún lo recuerdo como si fuera hoy. Aún puedo oír las hachas y espadas arrancando cabezas, brazos, piernas… los gritos de las mujeres y niños.

El joven de semblante pálido y cándida expresión, estaba feliz escuchando aquella historia.  De nuevo sucedía. Los Falgorat invadiendo pueblos enteros, repúblicas pacíficas. Eso significaba guerras, batallas; por fin llegaba el momento en que participaría en una batalla verdadera.

El abuelo, consciente de lo que pasaba por la mente del chico, se limitó a quedarse en silencio dirigiéndole una lánguida mirada.

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