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donde solo se podían ver sus ojos. Uno de ellos se acercó al hijo del sol extendiendo sus brazos para que el guerrero le entregara el cuerpo del príncipe. Scioranfes no se movió pues parecía hipnotizado. El hombre tomó delicadamente el cadáver. Dio media vuelta y comenzó a caminar hacia su caballo. Uno de sus compañeros le ayudó a montar. Los demás lo imitaron alejándose poco a poco entre la bruma que parecía disiparse con su presencia. Ilonti no podía pronunciar palabra alguna. Los personajes desaparecieron iluminados por su propia luz.

La princesa corrió hacia donde los extraños personajes habían desaparecido.

¡No se lo lleven! ¡Por favor no me dejen sin él! – Suplicaba – gritaba, y sus gritos retumbaban en la bruma que había vuelto. Un extraño sonido la hizo volver hacia donde estaban Anfoglei y Scioranfes. Los guerreros habían llevado a Ehon hasta el árbol desnudo, atándolo con cadenas alrededor del mismo. Scioranfes sacó de su mochila tres clavos negros de treinta centímetros cada uno y mientras Anfoglei sostenía las manos de Ehon que permanecían arriba de la cabeza, el guerrero las clavaba con un martillo tan grande que debía utilizar las dos manos para sostenerlo.

Ilonti corrió hacia ellos gritándoles que no lo hicieran, pero los guerreros parecían no advertir su presencia. Sus rostros adquirieron un aspecto siniestro, vago, como si no fueran ellos mismos. Parecía como si una fuerza extraña se hubiera apoderado de ellos.

¿Qué están haciendo? Por favor no lo maten. Él no hizo nada – suplicaba.

Anfoglei y Scioranfes terminaron de clavar las manos y siguieron con los pies de Ehon quien exhalaba lastimeros gemidos, salpicado su rostro de sangre al igual que los rostros y las ropas de los guerreros. Cuando terminaron, se alejaron inexpresivos, perdiéndose rápidamente entre la bruma. Los pájaros se posaron en el árbol donde el general agonizaba. Ilonti se quedó sollozando junto al moribundo. Todavía temblorosa, solo preguntaba ¿Por qué? ¿Por qué?

Iré en busca de su alma – dijo el general dirigiéndole una mirada compasiva – te lo traeré. Volverá a ti. Se lo arrebataré a las tinieblas y te lo devolveré.

La princesa seguía sollozando y Ehon seguía muriendo, hasta que todo quedó completamente oscuro.

La reina Antara acariciaba los cabellos de su hija. La fiebre había cedido un poco pero la princesa todavía deliraba llamando a Yont-ain.

¡Ilonti, hijita tranquilízate! tu padre y yo estamos aquí. Vas a ponerte bien.

Debes descansar un poco – le dijo Verduk a su esposa – estuviste aquí toda la noche. Yo la cuidaré.

Antara accedió a regañadientes.

Está bien – dijo – pero en cuanto despierte me llamas.

Claro. Lo haré – susurró el monarca mientras secaba el sudor de la frente de su hija.

Antara salió, cerrando cuidadosamente la puerta.

El monarca contemplaba a su hijita desolado. Desde que enfermó, la noche anterior no daba señales de mejoría. Todas las medicinas que le suministraron no hicieron ningún efecto, inclusive el elixir traído por ella misma del mundo de los espíritus no hizo que reaccionara. ¿Cómo era posible que todas las plantas medicinales que en Nebruska

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