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Pg. 275

Gracias princesa – dijo Sumisaini guardando la pluma en uno de los bolsillos de su chaqueta.

Será mi talismán. Aunque el mejor recuerdo que me puedo llevar de ti, es tu sonrisa – Declaró emocionado.

Se abrazaron y besaron en las mejillas.

Anfoglei y Scioranfes ya habían montado en sus caballos. Sumisaini hizo lo mismo y sin decir más se marcharon.

La princesa los vio alejarse hasta que se perdieron en el bosque.

En las horas de la tarde un fuerte aguacero caía en Zifre. Ilonti no había tenido tiempo de hojear el libro, debido a que su tío Baslef, hermano de la reina Antara estaba de visita en el palacio y ella tuvo que atenderlo hasta que sus padres regresaron de una reunión importante en las afueras de la ciudad.

Baslef no se apartó de ella un solo momento pues los monarcas le habían recomendado no dejarla sola para que no se fuera a su habitación a llorar.

En cuanto sus padres llegaron, la princesa hizo lo posible por evadirse, so pretexto de ir a dormir un poco, pues según dijo, su día fue muy agitado y quería descansar.

Entró a su habitación donde la luz de Xalur dibujaba pequeños círculos, cuyo reflejo procedía de una ventana.

El libro estaba en su mesita de noche. Ilonti se sentó en la cama y comenzó a hojearlo. Se detuvo en la página 17 y leyó un poema.

“Él se fue…Nocturnal residuo de galaxias sucumbiendo en la memoria. Él se fue… Viviendo en mi estaba, pero ayer… Nocturnal refugio de mariposas copulando. Tengo un alma que ya no es mía. Hoy el viento sopla en dirección contraria. La noche tiembla de frío. Absorto, contemplaba el infinito, pero un buitre de brillantes ojos, rompió el silencio y lo arrebató de mi vista…”

 

“Estoy acostumbrándome a no morir desde que vi tus ojos, pero en tus ojos el sol está llorando y una solitaria luna se pasea en el misterioso crepúsculo de tu alma. Dormida bajo la sombra de un ciprés, mi fantasía taciturna descansaba… te convertiste en una flor de loto y la lluvia te llevó tan lejos que no pude alcanzarte. Mis pies se derritieron. Todo mi cuerpo temblaba. Después de eso, mi alma divisó el ocaso y partió lejos de este lugar…”

Tú no partiste, Yont- ain. Estás aquí. No te has ido. Prometo que te encontraré – musitó con los ojos inundados de lágrimas.

 

EL HIJO DEL SOL LLEVABA EN SUS BRAZOS AL PRINCIPE MUERTO

 

Ilonti corría sin saber a dónde. En su mente, una voz le repetía que allí encontraría a Yont-ain. El bosque era tupido y espinoso. Se detuvo, pues la espesa bruma no le dejaba ver el camino. De pronto unas figuras comenzaron a surgir de la nada. Se acercó

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