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Pg. 274

Claro. Después de lo que pasó, va a ser difícil que la princesa pueda ir a algún lugar lejos de sus padres – Acotó Sumisaini.

¡El abuelo estará orgulloso de ti! – Exclamó Ilonti.

Así es – dijo Sumisaini – Silenmao y mi abuelo se pondrán felices cuando les diga que iré a Bangavlia.

Debemos volver – persuadió Anfoglei – nos esperan para la cena.

Así es – dijo Scioranfes – ¡El atardecer se esfumó y las sombras se tornan sombrías! – Exclamó solemne.

¡Vaya! ¿Desde cuándo eres poeta? – Quiso saber Ilonti – aunque decir que las sombras se tornan sombrías, es redundante.

Es cierto – se defendió el guerrero – solo estoy experimentando un nuevo estilo.

¡Ah! Claro, el estilo redundante – Bromeó Anfoglei.

Para mí la poesía es inconmensurable – Enfatizó Scioranfes exhalando un suspiro – miren hacia el horizonte. “El día ha muerto y nosotros aún estamos vivos”

Ahora te pusiste filosófico – susurró Anfoglei al tiempo que tomaba de la mano a su amado.

Caminaron de vuelta hacia el palacio, deleitándose con el canturreo de las avecillas que también se disponían a descansar.

Al día siguiente muy temprano, Anfoglei, Scioranfes y Sumisaini se preparaban para marcharse al norte, a las montañas Bangavlia, donde se daban cita guerreros de todas partes del país y también del extranjero, para enseñarle a las nuevas generaciones el milenario arte de la defensa personal.

Los alumnos aprendían meditación, yoga, equilibrio de chacras, levitación, sanación y por supuesto a defenderse con armas y sin ellas. Anfoglei había decidido acompañarlos para pasar más tiempo con Scioranfes y hacer los preparativos para su boda.

Se despidieron de los monarcas y la princesa los acompañó hasta el lugar donde los esperaban sus caballos para un viaje que duraría veinte días.

Adiós guerrera Anfoglei, te voy a extrañar – le dijo Ilonti abrazando fuertemente a quien durante siete años fuera su institutriz, amiga y confidente.

Yo también te extrañaré mi pequeña princesa – susurró Anfoglei conmovida.

No te preocupes – le dijo Scioranfes – volveremos para la celebración de la cosecha, se lo prometimos a los padres de Sumisaini.

Ilonti asintió resignada.

El hijo del sol también la abrazó.

En verdad lamento lo del príncipe. Pronto lo superarás – le susurró acariciándole la barbilla.

Como sé que te gusta leer – dijo a su vez Sumisaini – escogí este libro de mi biblioteca para regalártelo. Contiene poemas de los mejores autores del siglo de oro.

Ilonti puso cara de felicidad. Recibió el libro y abrazó a su amigo.

¡Poemas de hace quinientos años! ¡Será maravilloso leerlo! – Exclamó con gesto conmovido, luego se quitó una de las plumas que llevaba en su collar y se la dio.

Este es un pequeño recuerdo, también es de buena suerte.

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