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Como todos sabemos, los últimos acontecimientos han hecho que se derramara otra vez sangre inocente en nuestro suelo.

Todos lo observaban con respeto y atención.

Zajliyan, Trimeka, Zaj-orkal, Kotit-zirni y más allá del irbunú (ancho mar) fueron azotadas por la tiranía, y por el desaforado delirio de poder – continuó, elevando el tono de su voz – todos sabemos que el poder es efímero, como la belleza, como las flores silvestres, como las nubes que pasan y cuando volvemos para mirarlas de nuevo, ya no están. El poder mal utilizado hace daño. Hemos aprendido en los libros de historia que todos los imperios caen. Afortunadamente, este conflicto duró muy poco, gracias a la oportuna intervención de los guerreros encabezados por Anfoglei y Scioranfes y gracias ante todo, a mis valientes soldados, quienes utilizaron la inteligencia en vez de la fuerza para vencer al opresor.

Mi hermano y su esposa aquí presentes, perpetraron este acto repudiable y serán castigados de acuerdo a las leyes de Zajliyan. Mañana mismo comparecerán ante nuestros tribunales. Las futuras generaciones deben aprender que la única batalla que deben enfrentar es contra su ego. Aplastarlo, someterlo y no dejarse dominar por su delirante fantasía.

¡Hermanas y hermanos! ¡la paz ha vuelto y ojalá se quede para siempre!

El monarca hizo una pausa, luego agregó: si alguien desea decir algo más, puede hacerlo.

Pasaron unos segundos y entonces el místico Celent tomó la palabra.

Vuestra augusta majestad lo ha dicho todo, por eso creo que podemos continuar con nuestras vidas – declaró – estaremos alerta ante cualquier hecho que pueda perturbar nuestra tranquilidad. Cada uno de nosotros puede y debe asumir esa responsabilidad.

Todos pusieron su mano derecha en el pecho en señal de aprobación.

¿Otro tratado de paz? – Musitó con voz cansada el abuelo Roraini.

¿Qué dices abuelo? – Preguntó Sumisaini.

He presenciado tres – murmuró Roraini en el oído de su nieto.

¿Has sobrevivido a tres guerras? – Exclamó interesado el chico.

En esta vida, sí – respondió el abuelo.

No te preocupes – dijo Sumisaini acentuando cada palabra – esta será la última.

Será la última para mí – musitó el abuelo esbozando un melancólico suspiro.

No seas negativo – dijo el joven abrazando al anciano cariñosamente.

Todos los asistentes a la reunión departieron por largo rato degustando los pastelillos y las bebidas que les prepararon los Falgorat, luego se despidieron deseándose paz y felicidad en el futuro.

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