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El príncipe lo miró con cara de incredulidad. Ya era suficiente que le confiara todos sus planes, pero querer que lo acompañara a tan extraña misión. Era algo sobre lo que debía reflexionar.

¿De qué está hablando, hermano?  – Preguntó Yont-ain haciendo un esfuerzo por permanecer tranquilo.

Construiremos las pirámides – susurró el faraón mientras se dirigían a la salida  – separaremos nuestros espíritus de nuestros cuerpos e iremos en busca de mi amada Xtemo – afirmó.

Bueno, no lo sé – tartamudeó Yont-ain – debo volver a mi país. Mi padre me espera.  Le enviarás un mensaje y le dirás que nuestro trabajo se demorará mucho más de lo previsto – declaró el faraón – no puedo ir solo al mundo de los espíritus y no confío en nadie más – agregó.

A Yont-ain le pareció descabellada la idea, pero quería experimentar cosas nuevas y el faraón era su amigo y de su país; así que no iba a abandonarlo ahora, en la misión más importante y arriesgada de su vida.

Al llegar a uno de los amplios corredores, un soldado del faraón, esperaba impaciente. Hizo las respectivas venias y luego habló:

Príncipe Yont-ain, su padre le ha enviado un mensaje – debe ir inmediatamente a Trimeka.

¿A Trimeka? – Preguntó confundido el príncipe – ¿por qué a Trimeka y no a Zajliyan?

Él se encuentra en Trimeka – continuó el soldado – y quiere que usted vaya sin demora alguna, ni objeción alguna.

Ha enviado a dos sargentos para que lo acompañen – añadió.

El faraón también puso cara de asombro, pero al ver la contundencia del mensaje, instó al príncipe a partir, haciéndole prometer que volvería pronto para ayudarle en su misión secreta.

 

 

EN EL MUNDO DE LAS SOMBRAS

 

Pasaron cuatro días para que la princesa pudiera repetir el ritual. Ahora se encontraba en un desierto. Una luna azul que parecía más grande de lo normal iluminaba el árido

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