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Con lo que le quedaba de lucidez, Yont-ain apretó el brazo del general.

¿Qué ha hecho, general? – balbuceó el príncipe.

Lo siento muchacho – declaró Ehon – pensé que morirías en la montaña junto con tu caballo.

¿Por… qué? – Musitó el príncipe ya sin fuerzas.

¡Porque las leyes universales, especialmente las promulgadas por los Xalur deben ser obedecidas!

Yon-tain ya no escuchó aquella frase.

El general lo recostó junto a la princesa. Sacó su pañuelo y se secó el rostro empapado de sudor.

El cielo estaba opaco y pronto caería un aguacero. ¡Iksmalami! Gritó Ehon llamando a los kodiklax que habían ido a buscar comida.

A los pocos minutos las aves volvieron.

¡Llévala a Zajliyan! – le ordenó el general al ave que había transportado a los príncipes desde Nevair.

El ave tomó el cuerpo inerte de la princesa entre sus poderosas garras y se elevó, perdiéndose rápidamente entre los valles circundantes.

El general se sentó junto al príncipe, observándolo con ternura. El chico de 17 años pálido de por sí, se veía más blanco ahora.

Ehon se quedó mirando la cinta pero no se atrevió a quitársela.

Un fuerte trueno lo hizo salir de su contemplación.

¡No solo se avecina esta tormenta, sino muchas otras! – Exclamó, mirando a su alrededor con nostalgia, como si fuera la última vez que sus ojos verían el mundo.

Tomó a Yont-ain en sus brazos. El ave se acurrucó para facilitar que el general amarrara al príncipe en su espalda, luego él se montó en el kodiklax y se dirigieron al oeste.

La tormenta se desgajó furiosa. Uno tras otro, los relámpagos, como grandes hilos dorados, azotaban las nubes grises que poco a poco fueron oscureciendo el mundo.

 

EN  BUSCA  DE  LOS  PRINCIPES

 

Después de volar a la máxima velocidad, Scioranfes y Anfoglei finalmente llegaron a Nevair.

Un joven elefante gris les abrió la puerta.

Ischa está por allá, en esos matorrales – indicó el paquidermo – él les dará la información que necesitan.

Gracias – dijo el hijo del sol dirigiéndose rápidamente al lugar junto con Anfoglei.

¿También vienen a refugiarse aquí, amigos guerreros? – exclamó Ischa con amabilidad.

No, amigo mamut – dijo Anfoglei – hemos venido por los jovencitos que se refugiaron aquí.

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