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El señor Ztziermina, Morlaino y los demás guerreros intercambiaron miradas incrédulas ante lo que estaba sucediendo. Todo eran engaños y mentiras y todo era para salvar a los príncipes, quienes se habían comprometido a volver y olvidarse de sus amoríos por el bien de los reinos y las especies. Más tarde o más temprano Yont-ain e Ilonti debían decidir si la paz continuaba.

 

UNA  EXTRAÑA MISION

 

El general y el ave kodiklax sobrevolaban los lugares aledaños al parque Nevair. En sus años de juventud, Ehon había sido guardia del parque cuando no se había terminado la construcción de las puertas y los cazadores furtivos se empeñaban en seguir matando elefantes y mamuts.

El ave se posó suavemente frente a una de las puertas. Después de seis horas de viaje, los primeros rayos de sol comenzaban a asomar tímidamente en el horizonte. El general se acercó a la puerta. Obviamente sabía cómo anunciarse, pues el mismo ayudó a plantarla allí. Puso su mano derecha en cuanto el color violeta apareció. Esperó unos segundos sin obtener respuesta. Volvió a intentarlo y esta vez una voz gutural y estrepitosa desde adentro preguntó:

¿En qué podemos ayudarle, señor Falgorat?

¿Podría usted abrir la puerta, hermano mamut? – Preguntó – necesito hablarle.

Hace mucho que no hablamos con humanos – replicó la voz.

¿Qué es lo que necesita, señor Falgorat?

¿Puede usted decirles a los príncipes, que la guerra terminó? – los monarcas me han enviado por ellos.

Ehon hablaba en voz alta, aunque sabía que el grosor de la puerta era de tres milímetros y no era necesario gritar.

¿Y cuándo es la próxima guerra?  – gritó a su vez el mamut. El general escuchó un tropel de animales dentro del parque, así que se hizo a un lado pensando que en cualquier momento saldrían.

Tiene usted sentido del humor, hermano mamut – dijo Ehon bajando la voz – pero necesito que me traiga a esos chicos.

Una voz conocida reconfortó al general, quien sudaba como si hubiera corrido una maratón.

Aquí estamos, general – dijo desde adentro Yont-ain – escuchamos el tropel y vinimos a ver qué pasaba.

¡Querido príncipe, la guerra terminó! ¡Pueden ir a casa! – Exclamó el general secándose el sudor con la manga de su chaqueta – por favor salgan, es mejor que se apresuren.

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