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Aunque la oscuridad era total, sus pasos eran seguros y tranquilos, señal de que conocía el lugar. Al final del recorrido una antorcha iluminaba a medias un nicho de mármol adornado a su alrededor con diamantes, zafiros y rubíes. Allí estaba un hombre sentado en posición de loto, vestido con una túnica negra y una capota tapándole el rostro. Al sentir la presencia de Ehon descubrió su cabeza y lo miró fijamente.

¡Espero que sean buenas noticias, hermano! – exclamó con voz pausada y solemne.

La situación no ha cambiado – respondió Ehon con firmeza.

El hombre del nicho era un anciano de aspecto venerable. Su luenga y abundante barba parecía un manto tapándole los pies descalzos. Su cabello largo hasta la cintura hacía juego con la barba y los ojos color gris plateado. Su piel era tan blanca como la nieve.

¿Crees hermano que haya otra manera de solucionarlo? – Preguntó el anciano.

No lo creo, excelencia. Es demasiado tarde – respondió el general con la mirada baja.

Nunca es demasiado tarde para enmendar los errores – Replicó el afable anciano, a lo cual Ehon respondió en tono casi difuso.

Ellos no creen que esto sea un error.

El espeso silencio que antecedió la siguiente frase, envolvió al anciano en una bruma azul que apareció y desapareció en diez segundos. Ehon se acercó un poco más hasta quedar a un metro de distancia pues no podía acercarse ni un milímetro más, según estaba estipulado.

Se puso de rodillas inclinando su cabeza todavía cubierta con la capota. Puso sus manos sobre el pecho, luego habló con un murmullo.

Si su soberana sabiduría me lo permite…

El anciano no le permitió terminar la frase.

¡Hazlo! – le dijo con gesto contundente.

Sí señor – respondió el general levantándose. Dio media vuelta y se marchó sin decir más.

El anciano lo vio alejarse, sin que la expresión sublime de su rostro cambiase un solo segundo y sin cambiar la posición que tenía, cerró sus ojos quedándose en su nicho como una estatua.

Al salir de la cueva, Ehon volvió a dejar en su sitio la pesada roca, saliendo del bosque de los zarzales al lugar donde lo esperaba el soldado.

¿A dónde vamos? – preguntó el subalterno, mientras Ehon montaba su caballo, no sin antes secarse el sudor que corría copiosamente por su rostro.

Solo sígame, soldado y no diga nada de lo que ha visto esta noche.

No lo haré, señor – declaró, dejando que su caballo fuera detrás de Ehon.

A aquellas horas de la madrugada, una tranquila y violácea noche era propicia para los jinetes que cabalgaban a todo galope a través de la llanura. Por fortuna para ellos el invierno parecía amainar y Xalur los cobijaba dándole su color característico al paisaje.

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