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sacó una daga de color dorado, luego salió de la habitación dejando entrecerrada la puerta. Cruzó por varios pasillos, salones, habitaciones y jardines hasta llegar al lugar que buscaba. Se detuvo frente a una puerta, abriéndola sin hacer ruido y entró cuidadosamente. La tenue luz de una flor incrustada en el techo iluminaba la estancia. Allí dos guerreros dormían plácidamente ajenos al peligro que los acechaba. La suprema levantó los velos que cubrían el lecho y levantó la daga con toda su furia para insertarla en la humanidad de uno de ellos.

Una mano la sostuvo fuertemente impidiéndole asestar el golpe.

¡Tranquila esposa mía! deja en paz a mis invitados – le susurró Kalups tomándola fuerte por el brazo y sacándola de allí.

¿Por qué no me dejas matarlos? –  replicó Salups enojada, al salir de la habitación.

Dale tiempo al tiempo, querida – dijo él.

Si nos libramos de ellos, la siguiente batalla no será divertida – comentó Kalups muy serio.

Te prometo que mañana mismo, esos dos morirán – le murmuró en el oído mientras la llevaba de vuelta a su habitación.

Ahora te necesito en mi cama – agregó acariciándole la larga cabellera.

Sí, pero mañana quiero tener el honor de descabezar a uno de esos – exclamó Salups.

Anfoglei y Scioranfes son muy populares, además son de lo mejor que he visto en el campo de batalla – declaró el supremo.

Son nuestros oponentes. Nuestros enemigos – dijo ella en tono más apacible.

¿Cómo es que aún siguen aquí? – Inquirió.

Al enemigo es mejor tenerlo cerca – recalcó el supremo entrando a la habitación y cerrando la puerta.

 

EL  BOSQUE  DE  LOS ZARZALES

 

Aquella noche, muy temprano, el general Ehon se marchó hacia el norte, acompañado de un soldado. El trayecto distaba varios kilómetros de la villa, donde unos espesos bosques guardaban secretos que nadie podía conocer.

Pocas personas de Zajliyan se adentraban en el bosque de los zarzales. Entre ellos estaba el general Ehon.

Después de recorrer un valle con poca vegetación, el general bajó de su caballo ordenándole al soldado que lo esperara. Habían llegado al bosque, donde Ehon se puso una capa negra con una capota que le tapaba su rostro. Caminó por un sendero tan estrecho que las zarzas se enredaban en sus ropas. Cuando hubo avanzado cincuenta metros, se detuvo ante una enorme piedra de zafiro, la cual servía de puerta a una cueva. La movió con mucha dificultad hasta dejar una abertura para poder entrar y caminó hacia el fondo como si estuviera entrando en un caracol.

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