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una amplia cueva. Prendió un fuego con cerillas que le había regalado Kalirna. El caballo también pudo entrar y allí pasaron la noche.

En el palacio Orzion las cosas se habían puesto difíciles desde que la princesa huyó. Nadie pudo encontrarla y no iban a continuar su búsqueda ya que según ellos, los hix se encargarían de eso.

INTENTO  FALLIDO

Ehon entró al palacio Orzion exhausto y malhumorado.

En la Ranglaat le informaron que su jefe había vuelto de su excursión en el sur y pensó que también se encontraría alterado por los acontecimientos.

El supremo se encontraba en el salón de meditación, donde estaba el hada que derrama luz de su ánfora y sonríe a quienes la contemplan.

El general dio tres golpecitos en la puerta, pero al no obtener respuesta entró sigilosamente.

¡Adelante general! – Exclamó Kalups – espero que me traiga buenas noticias.

El supremo estaba sentado en un cómodo sillón diseñado especialmente para él, hecho de madera de ébano con magníficos labrados e incrustaciones de piedras preciosas.

¡Es bueno volver a verlo, supremo señor! – saludó el general haciendo su inclinación – aunque las noticias no son buenas.

En el techo del recinto unas magnolias blancas lo iluminaban, emitiendo una luz blanca que no lastimaba la vista si se le observaba directamente.

No se preocupe general – repuso Kalups tranquilo – debemos ver el lado positivo de las cosas.

Ehon no pudo ocultar su sorpresa al oír a su jefe.

¿Qué dice señor? – Preguntó – ¿qué tiene de positivo que la princesa haya escapado y su hijo sepa todo acerca de sus planes?

Ehon enredaba la trenza entre sus dedos como si quisiera destrozarla.

Además, no he cumplido a cabalidad con mi deber – dijo avergonzado.

¡Tranquilo amigo! – Declaró Kalups esbozando su mejor sonrisa – son circunstancias que se presentan – agregó – esa princesa no irá muy lejos. Mañana morirá congelada en esa montaña y los hix se darán su banquete. Hasta siento pena por ella. Su destino pudo ser mejor.

Bueno… si usted… lo ve de ese modo – titubeó Ehon.

Kalups se puso de pie y se acercó al general.

¿Dónde está mi hijo? – interrogó haciendo énfasis en cada palabra – quiero verlo, abrazarlo, ¿por qué no ha venido a saludarme?

No he visto a su amado hijo, supremo señor – aseguró Ehon quedándose a prudente distancia, pues presentía alguna reacción violenta.

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