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¿Dices que esa piedra es un amigo tuyo? – preguntó Scioranfes caminando hacia la roca que tenía manchas negras y rojas.

Primero deben despertarlo – exclamó la sirena sonriéndose

¿Cómo vamos a despertar a una piedra? – inquirió Anfoglei.

No es una roca – indicó la sirena – es una tortuga, deben acercar un pez debajo de su caparazón para que despierte. Los guerreros se quedaron mirándose. Otras tres sirenas que chapoteaban en el agua se sumergieron rápidamente y atraparon cada una un salmón. Se los lanzaron a los guerreros y ellos hicieron lo que les dijo la otra sirena. Anfoglei acercó el salmón debajo del gigante. El animal asomó la cabeza, abrió la boca y se comió al pez.

¿Qué necesitan forasteros? ¿Por qué tan temprano me despiertan? – farfulló mientras sacaba sus manos con mucho esfuerzo.

Disculpe usted – dijo Scioranfes – ¿puede ayudarnos a cruzar el río?

¿Hacia dónde se dirigen? – preguntó la tortuga terminando de engullir el segundo pez.

Vamos a la fortaleza, señor – repuso Anfoglei.

He oído rumores acerca de una guerra – declaró la tortuga que medía dos metros de alto.

No es nada grave – Repuso Scioranfes – solo que a los Falgorat se les ocurrió invadir el mundo.

Sólo me pregunto – replicó el animal, irguiéndose y caminando hacia el agua – ¿En qué otra cosa piensan los humanos cuando no piensan en matarse?

Anfoglei y Scioranfes se miraron.

¡Buena pregunta, amigo! – Dijo Anfoglei.

Utilizaron los caballos para subir al caparazón de la tortuga. Ella nadó, recorriendo rápidamente los 1923 metros que separaban una orilla de la otra. Las sirenas los siguieron saltando en el agua como los delfines.

La tortuga se detuvo y los guerreros se bajaron de un salto, dando las gracias a las sirenas y al gigante por su ayuda.

¡Hasta luego, amigos! – Exclamó la tortuga – díganles a esos humanos invasores que no pierdan su tiempo en estupideces y dejen vivir a los demás.

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