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¿Dónde? – Preguntó el príncipe iluminándose  su rostro – ¿La conoces? ¿Dime dónde está?

El otro día – repuso el hada – mientras mi hermana Xte y yo recogíamos algunas bayas en el jardín, la vimos en los dibujos de Artalí.

El príncipe movió la cabeza afirmativamente y puso a Xoi sobre la mesa.

Gracias Xoi – añadió cabizbajo  – puedes ir a cantarle a Xalur.

Ella hizo una reverencia y desapareció.

Vengo del oeste y estoy en el este. Este es un asunto que debo resolver – dijo Yont-ain, observando un mapamundi que había en la pared.

 

 

UN SORPRESIVO HALLAZGO

 

 

Al día siguiente, por la tarde, Yont-ain aprovechó la siesta de Ehon para ir a cabalgar. El general dormía profundamente en su mueble preferido.

En cuanto mixnive vio a Yont-ain empezó a dar patadas en el suelo y a querer salirse del establo. Al príncipe le pareció raro no encontrar allí a Artalí.

¡Hola mixnive! ¿Cómo estás amigo? – le dijo cariñosamente acariciándole el cuello. Le puso la montura y de un salto se encaramó en él.

Iremos a dar un paseo – musitó el muchacho – llévame más allá del bosque, adonde dice Ehon que no podemos cruzar, porque los Trimeka lo prohíben.

Tal vez al otro lado haya algo interesante – continuó, al tiempo que el caballo comenzó a correr.

Atravesaron rápidamente el inmenso bosque, donde los árboles gigantes y majestuosos de color blanco, eran abrazados por los últimos rayos de sol filtrándose entre los troncos, como caminitos de luz. Al salir de allí, el bosque se tornaba más espeso, lleno de maleza y helechos gigantes que parecían sombrillas. Muchas hadas merodeaban por el lugar jugueteando con los colibríes, azulejos, turpiales, mariposas, y demás aves que habitaban el bello país Trimeka.

¡Vamos mixnive, corre antes de que Ehon despierte!

El príncipe estaba contento de haberse alejado tanto y no tener a su guardaespaldas para impedírselo. Mixnive también estaba contento de poder correr. Más adelante se divisaba una planicie, hacia donde se dirigieron. Yont-ain se sentía tan tranquilo en aquel apacible lugar que le recordaba Zajliyan, pero no tenía la menor intención de regresar aunque comenzaba a hacer frío. Por fortuna llevaba su capa azul; también llevaba su espada, por si se presentaba algún imprevisto. Una manada de takines cruzó veloz por el camino que se abría entre los árboles. Yont-ain decidió seguirlos al galope para ver hacia dónde se dirigían.

Los animales, al verse perseguidos aumentaron la velocidad. Yont-ain estaba feliz con su aventura. Por un momento se había olvidado de todo. De Kaledi, de su padre, de Ehon ocultándole cosas, de los diamantes que debía enviar al día siguiente.

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