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Esa guerrera parece inmortal – arguyó malhumorado el supremo –  me está dando muchos problemas. Mi esposa tampoco pudo matarla.

¿Por qué confiarías en mí? – Preguntó Fenitki sentándose en el piso y rascándose la cabeza como si tuviera piojos.

Porque tú eres una guerrera, la mejor de tu nación, como ella lo es de Trimeka – exclamó Kalups mirando con fastidio a la muchacha – además, tienes otra ventaja. Eres una mercenaria, una asesina.

Fenitki, sintiéndose importante por lo que acababa de escuchar, se puso de pie acercándose al supremo, tanto, que él retrocedió disimulando su asco.

Bien, Kalups ¿qué obtendré a cambio? – Preguntó.

Serás comandante en uno de mis regimientos y dirigirás un ejército en próximas campañas liberadoras – declaró el supremo.

Querrás decir  “próximas invasiones” – Argumentó Fenitki con acentuada ironía.

Como sea, chiquilla – dijo Kalups encogiéndose de hombros – llámalo como quieras – por ahora ve a asearte y a ponerte hermosa.

¿Puedo usar un uniforme militar, Kalups? – preguntó entusiasmada la guerrera.

Claro – dijo él – te verás muy bien con uno de esos.

Fenitki se miró al espejo no muy convencida de la imagen que allí se reflejaba.

Tienes razón – dijo mirando al supremo a través del espejo – en verdad estoy horrible. Aunque no me importaría ser la más horrenda de las mujeres, con tal de ver a Anfoglei muerta.

Recuerda que ya te mató una vez – exclamó Kalups – no vayas a dejar que suceda de nuevo y no olvides que para ti también soy “El supremo Kalups” – recalcó apretando su puño y alejándose del espejo.

Esta conversación había tenido lugar, días antes de llegar el príncipe Yont-ain al palacio Orzion.

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